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Traición, conservadurismo y silencio imperial encendieron “La Hoguera Bárbara”

por ANDES/@literatango » 20:46 - 27 ene 2012  

Foto tomada del libro Memorias de la Revolució˜n Alfarista /Agencia Andes.

Por: Santiago Aguilar Morán / Andes

Quito, 28 ene (Andes).- “Empezó la procesión. Piedras curvando el aire lleno de insultos. Una tocó la mejilla de Páez. Disparos de fusil. Don Eloy advirtió la palidez de sus camaradas. Medardo, medio paralítico, tenía un temblor extraño. -¿Tiene miedo a la muerte?- preguntó despacito Don Eloy- Ningún Alfaro ha temido nunca al peligro (…) De repente, como un estallido, gritos y carreras surcaron por los corredores. Las escaleras de hierro sonaron enmohecidas. (…) Don Eloy no lo quiso creer. (…) ¡No! No lo creía. Se acercaban. ¿A qué? Él se incorporó tieso y veraz:

¡Silencio! ¿Qué quieren de mí? -

Un tiro en la cabeza le hizo caer suavemente, como un desvanecer de piel y huesos. Sus brazos delgados se posaron en el pequeño cajón de madera y allí, sin una seña, reposó. Era la primera y última herida que recibía el Viejo Luchador en más de cuatro decenas de constantes batallas”.

Así retrataba la pluma del escritor ecuatoriano Alfredo Pareja Diezcanseco los últimos momentos de la vida del General Eloy Alfaro. Su libro “La hoguera bárbara” es una obra que rememora los pasajes del periodo comprendido entre 1895 y 1912, desde que triunfó la Revolución Liberal hasta la muerte del Viejo Luchador.

Pero, ¿Quiénes fueron los criminales que instigaron el asesinato, arrastre y posterior incineración del cadáver de Alfaro?

Una de las hipótesis que el gobierno ecuatoriano descarta es la de que fue el pueblo. “Debemos saber quiénes son los verdaderos asesinos. Hasta hoy se ha creído que fue el pueblo quien lo mató. Eso no es verdad”, señaló la ministra Coordinadora de Patrimonio, María Fernanda Espinosa.

Y es que, lejos de lo que se ha empeñado en decir cierta prensa, no se trata de reescribir la historia, sino de tener claro quiénes fueron los asesinos de los revolucionarios alfaristas.

El historiador Oswaldo Albornoz Peralta, en su libro Del crimen de El Ejido a la Revolución del 9 de julio de 1925, ubica tres factores esenciales que permitieron esta masacre: los traidores de Alfaro, el partido conservador y el imperialismo.

¿Cómo actuaron  los culpables?

“Son los Plaza, los Freile Zaldumbide, los Intriago, y unos cuantos otros más, igualmente ruines. (…) Su entreguismo a los

Foto tomada del libro Memorias de la Revolució˜n Alfarista /Agencia Andes.

conservadores durante los regímenes de Leonidas Plaza y Lizardo García (1901–1906) según denuncia el general Eloy Alfaro en su explicación acerca de Las Elecciones Presidenciales de 1901”, relata Albornoz.

Junto a ellos, entre los que se cuentan Alfredo Baquerizo Moreno, José Luis Tamayo (presidentes del Ecuador, después de Alfaro), estaban las fuerzas clericales, la iglesia.

“Durante el arrastre de los cadáveres se grita ¡Viva la religión! Y ¡Mueran los herejes! El cura de Santa Bárbara vocifera y hace público su regocijo por los criminales hechos. Un fraile Bravo, mercedario, azuza y dirige las turbas”, agrega.

En este punto, el de la injerencia de la Iglesia, concuerdan varios historiadores como Enrique Ayala Mora, quien asegura que con la separación de la Iglesia Católica del Estado se quitó el poder que el clero ejercía en las decisiones nacionales.

Finalmente, la mano del imperialismo, según Albornoz, “está representada por los cónsules de Gran Bretaña y Estados Unidos que no exigen el cumplimiento del Tratado de Huigra (…), sino que al contrario, impávidos como bonzos [monjes] miran su burla y rompimiento, sabiendo que ese Tratado obliga al respeto y libertad de los combatientes prisioneros, cuyas vidas se hallan en inminente peligro”.

Su obra, una transformación profunda del Estado

Más allá de las traiciones, y pese a ellas, el legado alfarista cuenta con los actos más trascendentales del Ecuador moderno. Entre las obras del general Eloy Alfaro está la Constitución de 1906, que separa la Iglesia del Estado y garantiza la libertad de conciencia, trabajo y de industria, de reunión, de prensa y de pensamiento.

El ferrocarril del Sur. Foto: Eduardo Flores / Agencia Andes.

La enseñanza de la educación laica es una de las más grandes conquistas del alfarismo. Durante su régimen, Alfaro creó el, ahora centenario, Instituto Nacional Mejía, el normalista Manuela Cañizares, entre varios otros. Esta norma puso fin al monopolio de la Iglesia y posibilitó la inclusión de la mujer en la educación, vedada en el régimen clerical.

Los resultados de estos esfuerzos son claros: de 76 162 alumnos que había en 1894, se aumenta a 91 921 al finalizar la segunda administración de Alfaro, ocupando el Ecuador el cuarto puesto en América.

Asimismo, Alfaro expropió los bienes territoriales de las comunidades religiosas, base fundamental de su poderío económico.

En el régimen de Alfaro, la imprenta vuelve a irradiar su luz. “¡Tanto se aherroja la conciencia!, que durante 102 años de dominación conservadora (1792 -1895) solamente aparecen 727 publicaciones en el país, mientras que en los 45 años siguientes  (1895-1940) se llega a 2 599”, según consta en el Resumen Estadístico del Periodismo en el Ecuador, elaborado por Eugenio de Janón Alcívar, en su libro ¡El Viejo Luchador!

Finalmente, tenemos su obra de carácter material más importante: el Ferrocarril del Sur y varias otras vías de transporte, edificios para escuelas y colegios, arreglo de puertos y construcción de edificios públicos.

La obra de Alfaro aún está inconclusa. Una de sus tareas pendientes, que es aún una deuda en el presente, es la liquidación del latifundio y una profunda revolución agraria.

Su legado, sin embargo, es descomunal, su figura legendaria y sus sueños, los sueños de todos quienes creen que la libertad y la igualdad son posibles, están más vivos que nunca. /SAM

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